La vida es aprender, no resignarse

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En más ocasiones de las que nos gustaría, oímos o leemos a personas, también expertos en psicología, psiquiatría, neurología… que afirman que el carácter o el comportamiento son de origen genético, incluso que la felicidad a la que podemos aspirar está condicionada por factores que no podemos cambiar.  Llegando incluso a afirmar que esos factores se estiman en un 50%, y que debemos conformarnos con el otro 50% para tratar de vivir lo mejor posible.

Si bien es cierto que ciertas cualidades o capacidades están más desarrolladas en unas personas y otras capacidades en otras, los factores que determinan la capacidad de ser feliz están sujetos, gracias a Dios, a la capacidad de aprender, de comprender los errores psicológicos que nos hacen sufrir, al discernimiento de lo que no comprendemos. La genética es información, información codificada, el entendimiento humano es algo mucho más fuerte.

Si actualmente se postula la plasticidad del cerebro, cuyas diferentes áreas pueden incluso crecer físicamente con el desarrollo de diferentes actividades, no tiene sentido pensar que la complejidad de la conciencia humana, con su sensibilidad e inteligencia, esté supeditada al código genético. Es cómo si el ser humano estuviera supeditado a la inteligencia de su ordenador. Desde el punto de vista genetista, aún falta mucho por aprender de las mutaciones genéticas a lo largo de la vida de un ser humano. Desde el punto de vista psicológico, hemos comprobado una y otra vez que no hay límite para solucionar lo que nos hace sufrir, sabiendo cómo. La vida es aprender, no resignarse.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez