Las emociones y el tiempo

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Muchas personas piensan, probablemente sin haber reflexionado sobre ello, que las emociones que se sienten en la infancia son cosas de niños, que desaparecen con la edad. Pensando de este modo, creen que con la edad uno no debería sentir temores, que no debería emocionarse con ciertas cosas, o disfrutar con cosas sencillas como un niño. Pero ser maduro no significa ser insensible, ni significa no tener emociones. 

Por un lado, las emociones que se reprimen, en la infancia o despues, que no se han afrontado y sentido conscientemente, seguirán pendientes de resolver, por mucho tiempo que pase. Los temores que no se han resuelto (y si no se han sentido conscientemente no pueden haberse resuelto), no se solucionan con el paso del tiempo, pueden volver a surgir en circunstancias adversas.
Por otro lado, la represión de las emociones, en un intento por no sufrir, anula también la capacidad de sentir alegría, de disfrutar los sentimientos gozosos de cosas aparentemente sencillas como beber un zumo de frutas, la belleza de las flores, comer un trozo de pan casero, contemplar un paisaje, el movimiento del agua, la simpatía de una persona, la ingenuidad, la brisa del mar…

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez

Sobre la naturaleza

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La naturaleza es la parte del planeta menos transformada por la mente y la mano del ser humano. Ha evolucionando a través de milenios, adaptándose al medio y transformándolo al mismo tiempo. Sus formas, colores, olores, sonidos…, están, en su conjunto, en armonía, y producen un gran beneficio en la mente humana.
      Las ciudades han sido ideadas por la mente humana y, por tanto, construidas a su semejanza, con similares problemas y virtudes que los que el ser humano arrastra y logra. Un ejemplo de esto es el ruido mental, o persistente parloteo del pensamiento, en analogía con el ruido de las ciudades.
A la naturaleza uno puede ir con diferentes actitudes, con diversas intenciones. Se puede ir a descansar, a batir la propia marca en el ascenso a una montaña, a comer con amigos, etc.
Pero si por un rato nos sentamos y tratamos de escuchar los sonidos del bosque, o del agua que corre entre las rocas, o del viento, con interés por percibir, la mente se calma, observa, escucha, ve, huele y siente, en completo silencio. Sin que el pensamiento diga nada, ni siquiera “que bonito” “que paz”, sin traducir a palabras lo que ve, oye o siente.
   Entonces la mente está activa y en silencio, un silencio interno que lo inunda todo. Esto produce una gran calma y salud para la mente, el cuerpo y el alma.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez