Sobre la naturaleza

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La naturaleza es la parte del planeta menos transformada por la mente y la mano del ser humano. Ha evolucionando a través de milenios, adaptándose al medio y transformándolo al mismo tiempo. Sus formas, colores, olores, sonidos…, están, en su conjunto, en armonía, y producen un gran beneficio en la mente humana.
      Las ciudades han sido ideadas por la mente humana y, por tanto, construidas a su semejanza, con similares problemas y virtudes que los que el ser humano arrastra y logra. Un ejemplo de esto es el ruido mental, o persistente parloteo del pensamiento, en analogía con el ruido de las ciudades.
A la naturaleza uno puede ir con diferentes actitudes, con diversas intenciones. Se puede ir a descansar, a batir la propia marca en el ascenso a una montaña, a comer con amigos, etc.
Pero si por un rato nos sentamos y tratamos de escuchar los sonidos del bosque, o del agua que corre entre las rocas, o del viento, con interés por percibir, la mente se calma, observa, escucha, ve, huele y siente, en completo silencio. Sin que el pensamiento diga nada, ni siquiera “que bonito” “que paz”, sin traducir a palabras lo que ve, oye o siente.
   Entonces la mente está activa y en silencio, un silencio interno que lo inunda todo. Esto produce una gran calma y salud para la mente, el cuerpo y el alma.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez

La vida es aprender, no resignarse

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En más ocasiones de las que nos gustaría, oímos o leemos a personas, también expertos en psicología, psiquiatría, neurología… que afirman que el carácter o el comportamiento son de origen genético, incluso que la felicidad a la que podemos aspirar está condicionada por factores que no podemos cambiar.  Llegando incluso a afirmar que esos factores se estiman en un 50%, y que debemos conformarnos con el otro 50% para tratar de vivir lo mejor posible.

Si bien es cierto que ciertas cualidades o capacidades están más desarrolladas en unas personas y otras capacidades en otras, los factores que determinan la capacidad de ser feliz están sujetos, gracias a Dios, a la capacidad de aprender, de comprender los errores psicológicos que nos hacen sufrir, al discernimiento de lo que no comprendemos. La genética es información, información codificada, el entendimiento humano es algo mucho más fuerte.

Si actualmente se postula la plasticidad del cerebro, cuyas diferentes áreas pueden incluso crecer físicamente con el desarrollo de diferentes actividades, no tiene sentido pensar que la complejidad de la conciencia humana, con su sensibilidad e inteligencia, esté supeditada al código genético. Es cómo si el ser humano estuviera supeditado a la inteligencia de su ordenador. Desde el punto de vista genetista, aún falta mucho por aprender de las mutaciones genéticas a lo largo de la vida de un ser humano. Desde el punto de vista psicológico, hemos comprobado una y otra vez que no hay límite para solucionar lo que nos hace sufrir, sabiendo cómo. La vida es aprender, no resignarse.

Por María Ibáñez y Jesús Jiménez